Tenía los ojos azules, un azul intenso como un cielo abierto en pleno verano, y los cabellos rubios como la cebada. Si bien, lo más interesante era su mente. Una mente despierta, tan locuaz a sus cinco años que siempre inventaba historias imposibles. Él era un niño de una enorme sonrisa, de un enorme talento, de un enorme carisma.
Creció amparado por los brazos protectores de su padre y los cuidados amorosos de su madre. Desde que era un bebé fue la fuente de felicidad del matrimonio, un regalo divino que parecía un ángel. El único hijo que logró concebir la mujer tras varios fracasos, tras llantos y quebrantos. Un príncipe de un pequeño palacio, de un mundo atesorado por recuerdos de los que una vez fueron sangre de su sangre. Un pequeño príncipe valiente enamorado de las historias que él mismo elaboraba.
Recuerdo su sonrisa dulce, sus ojos vivaces, y sus manos siempre blandiendo una espada de madera. Parecía luchar con fuerza contra dragones, brujas, seres invisibles, hadas, elefantes diminutos con pequeños seres de fantasía a su lomo, mariposas crueles y príncipes encantadores que deseaban su puesto. Él luchaba contra su imaginación. Él luchaba contra todo y contra nada.
-¿Qué haces David?-pregunté un día sentado sobre la valla de su jardín.
-Juego.-susurró.
-Oh, juegas.-dije bajándome de la valla.-¿Puedo jugar contigo?-interrogué agachándome hasta quedar a su altura.
-Sí, tú serás la princesa que debo rescatar.-rió dulcemente y me abrazó.
-¿Quieres conocer mi reino David?-interrogué apartándolo para acariciar sus cabellos.
-Sí.
Yo soy la muerte. Vengo en cualquier momento de tu vida y arrebato todo lo que un día te perteneció. No importa si eres joven o viejo. Si tienes sueños. No me importa nada. Jamás me ha importado. Me llevo lo más preciado para convertirlo en humo y cenizas.
Sonríe David, sonríe. Pues al lugar que te llevo serás eternamente un niño. Siempre podrás contarme tus cuentos de hadas, esos que una vez alegraron los corazones de tus padres. Jamás te sentirás solo. No volverás a imaginar, porque todo lo que desees se hará real. Jamás volverás a casa, porque este será tu hogar.
Creció amparado por los brazos protectores de su padre y los cuidados amorosos de su madre. Desde que era un bebé fue la fuente de felicidad del matrimonio, un regalo divino que parecía un ángel. El único hijo que logró concebir la mujer tras varios fracasos, tras llantos y quebrantos. Un príncipe de un pequeño palacio, de un mundo atesorado por recuerdos de los que una vez fueron sangre de su sangre. Un pequeño príncipe valiente enamorado de las historias que él mismo elaboraba.
Recuerdo su sonrisa dulce, sus ojos vivaces, y sus manos siempre blandiendo una espada de madera. Parecía luchar con fuerza contra dragones, brujas, seres invisibles, hadas, elefantes diminutos con pequeños seres de fantasía a su lomo, mariposas crueles y príncipes encantadores que deseaban su puesto. Él luchaba contra su imaginación. Él luchaba contra todo y contra nada.
-¿Qué haces David?-pregunté un día sentado sobre la valla de su jardín.
-Juego.-susurró.
-Oh, juegas.-dije bajándome de la valla.-¿Puedo jugar contigo?-interrogué agachándome hasta quedar a su altura.
-Sí, tú serás la princesa que debo rescatar.-rió dulcemente y me abrazó.
-¿Quieres conocer mi reino David?-interrogué apartándolo para acariciar sus cabellos.
-Sí.
Yo soy la muerte. Vengo en cualquier momento de tu vida y arrebato todo lo que un día te perteneció. No importa si eres joven o viejo. Si tienes sueños. No me importa nada. Jamás me ha importado. Me llevo lo más preciado para convertirlo en humo y cenizas.
Sonríe David, sonríe. Pues al lugar que te llevo serás eternamente un niño. Siempre podrás contarme tus cuentos de hadas, esos que una vez alegraron los corazones de tus padres. Jamás te sentirás solo. No volverás a imaginar, porque todo lo que desees se hará real. Jamás volverás a casa, porque este será tu hogar.
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