martes, 18 de mayo de 2010

Madeline

Desde la distancia te amé, adoré cada uno de tus latidos, desde el rincón más profundo donde las sombras me engullían y me soportaban. En el sopor de la noche iba a buscarte. Me sentaba en los pies de tu cama y te contemplaba. Mis ojos brillaban como dos enormes lunas llenas, brillaban de locura y deseo. Quería rasgar tus ropas y sentir tu cálido cuerpo antes de arrebatarte la humanidad, regalándote así la inmortalidad.

Te arrebaté la vida durante tus sueños. Fui cruel. No supe entregarte a las tinieblas para que ellas te acogieran en su oscuro abrazo. Tu cuarto diáfano se manchó de rojos pétalos, pétalos carmesí, que cubrieron tu almohada y que emanaban de tu cuello. Perdí el control, como el honor, en esa pequeña y fría habitación de hospital.

No sé que me atrajo de ti, tal vez porque la muerte rondaba tu aparato respirador o porque los médicos decían que vivías de puro milagro. Quería la salvación. Deseaba que me contaras el dolor de tu mente encerrada en aquel cuerpo. Eras joven, eras una flor que florecía lentamente, y que parecía no despertar a pesar que el príncipe había logrado hallarte.

Dejé junto a ti, sobre tu pecho, una hermosa rosa blanca. Tu alma descansa en paz. La mía, la mía lleva años vagando por los peldaños aledaños a los infiernos. Jamás olvidaré tu nombre, ni el calor que desprendías... Madeline

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