Primer anochecer...
Desperté justo antes del atardecer, pude sentir como el cielo se volvía naranja y rojo para terminar en ese negro penetrante. Sentía como el sol se iba, pero no podía verlo y tampoco sentirlo. Ella debería acostumbrarse a esos cambios y a la rutina de abrir los ojos en plena noche.
Estaba tumbada en un lecho de rosas y sábanas de negro satén. Su cuerpo estaba cubierto tan sólo por su piel, la había desnudado y lavado, para luego dejar el perfume de las rosas impregnadola por completo. Rogaba por el milagro, porque soportara el cambio y abriera sus hermosos ojos. Esos ojos pasionales que me deslizaron al borde de la locura.
Sus cabellos negros se mezclaban con la tela da ropa de cama. Sus labios estaban pintados con rojo carmín, destacando con su piel fría y de color mármol. Toda ella parecía una Afrodita buscando el Edén. Un ángel sumido a las tinieblas y yo su verdugo, el cual le arrebató las almas para continuar en libertad y la encerró en un frasco cual luciérnaga.
Abrió sus ojos confusa, me miró y sonrió, para luego cubrirse avergonzada al estar desnuda. No recordaba nada, ni siquiera que la hice mía... de mi propia estirpe... le regalé mi condena y mi dolor. Me levanté hacia ella, sereno y expectante a la vez.
-Bonjour-susurré.-Je suis...
-¿Qué hago aquí?-preguntó.-Dios mío, he vuelto a hacerlo... he bebido tanto que he olvidado incluso mi odio a los hombres.-susurró cubriéndose con las sábanas.-Tú, tú eres el tipo de anoche... ¿es de día? ¿Es de noche? Dios santo... ¿lo hicimos? Dime que no lo hicimos... al menos dime que tomamos medidas. ¡Ya lo decía mi madre! ¡Tengo mala cabeza! No debería beber, no debería... y sin embargo tengo sed. Tengo una sed que me quema la garganta y no sé como puedo hablar.-entonces se calló y me miró.-Hablaste en francés, para colmo no entiendes lo que digo.
-Entiendo todos los idiomas con los cuales se comunican los seres humanos y también algunos animales.-comenté quedando de pie frente a ella.-Anoche te hice mía, pero de un modo distinto al que tú crees. Te hice mía en un arrebato de locura, egoísmo y amor. La pasión, tu pasión, me hizo caer en un viejo juego de tortura y placer. Te he convertido en mi hija, en mi amante y en mi sucesora...
-Alto, corta.-dijo levantándose.-¿De dónde saliste? ¿Qué dices que hicimos?
-Te di la vida eterna, ninguna enfermedad dañará tu cuerpo y siempre serás así de hermosa.-susurré.-Ahora eres la rosa eterna.
-¿Qué?
Primero sintió confusión, pánico y luego tentación. La tentadora sensación de poder vivir para siempre. Se quedó mirándome desnuda, y pude notar que la atracción era mutua.
Terminé tomándola del rostro para besarla, luego de la cintura mientras ella me rodeaba por encima de mis hombros. Sus labios eran dulces, pero estaban agrietados. Ella y yo, ambos, salimos esa noche a cazar seres destruidos por la droga, el alcohol, su egoísmo, su egolatría y el corrupción. De uno y otro rango social, hombres o mujeres, de cualquier edad... enfermos de alma y cuerpo.
Desperté justo antes del atardecer, pude sentir como el cielo se volvía naranja y rojo para terminar en ese negro penetrante. Sentía como el sol se iba, pero no podía verlo y tampoco sentirlo. Ella debería acostumbrarse a esos cambios y a la rutina de abrir los ojos en plena noche.
Estaba tumbada en un lecho de rosas y sábanas de negro satén. Su cuerpo estaba cubierto tan sólo por su piel, la había desnudado y lavado, para luego dejar el perfume de las rosas impregnadola por completo. Rogaba por el milagro, porque soportara el cambio y abriera sus hermosos ojos. Esos ojos pasionales que me deslizaron al borde de la locura.
Sus cabellos negros se mezclaban con la tela da ropa de cama. Sus labios estaban pintados con rojo carmín, destacando con su piel fría y de color mármol. Toda ella parecía una Afrodita buscando el Edén. Un ángel sumido a las tinieblas y yo su verdugo, el cual le arrebató las almas para continuar en libertad y la encerró en un frasco cual luciérnaga.
Abrió sus ojos confusa, me miró y sonrió, para luego cubrirse avergonzada al estar desnuda. No recordaba nada, ni siquiera que la hice mía... de mi propia estirpe... le regalé mi condena y mi dolor. Me levanté hacia ella, sereno y expectante a la vez.
-Bonjour-susurré.-Je suis...
-¿Qué hago aquí?-preguntó.-Dios mío, he vuelto a hacerlo... he bebido tanto que he olvidado incluso mi odio a los hombres.-susurró cubriéndose con las sábanas.-Tú, tú eres el tipo de anoche... ¿es de día? ¿Es de noche? Dios santo... ¿lo hicimos? Dime que no lo hicimos... al menos dime que tomamos medidas. ¡Ya lo decía mi madre! ¡Tengo mala cabeza! No debería beber, no debería... y sin embargo tengo sed. Tengo una sed que me quema la garganta y no sé como puedo hablar.-entonces se calló y me miró.-Hablaste en francés, para colmo no entiendes lo que digo.
-Entiendo todos los idiomas con los cuales se comunican los seres humanos y también algunos animales.-comenté quedando de pie frente a ella.-Anoche te hice mía, pero de un modo distinto al que tú crees. Te hice mía en un arrebato de locura, egoísmo y amor. La pasión, tu pasión, me hizo caer en un viejo juego de tortura y placer. Te he convertido en mi hija, en mi amante y en mi sucesora...
-Alto, corta.-dijo levantándose.-¿De dónde saliste? ¿Qué dices que hicimos?
-Te di la vida eterna, ninguna enfermedad dañará tu cuerpo y siempre serás así de hermosa.-susurré.-Ahora eres la rosa eterna.
-¿Qué?
Primero sintió confusión, pánico y luego tentación. La tentadora sensación de poder vivir para siempre. Se quedó mirándome desnuda, y pude notar que la atracción era mutua.
Terminé tomándola del rostro para besarla, luego de la cintura mientras ella me rodeaba por encima de mis hombros. Sus labios eran dulces, pero estaban agrietados. Ella y yo, ambos, salimos esa noche a cazar seres destruidos por la droga, el alcohol, su egoísmo, su egolatría y el corrupción. De uno y otro rango social, hombres o mujeres, de cualquier edad... enfermos de alma y cuerpo.
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