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domingo, 27 de enero de 2013

No lo quiero


Baila, grita, sueña...
Llamas de la noche, venid a mí...
¡Yo estoy aquí! ¡No os temo!
¡Tendréis refugio en mi cuerpo!
Baila, grita, destroza sus sueños y huye.



He olvidado los días de sol y felicidad, el vino corriendo por mis venas y la sensación de paz. Siento dolor, noto como este me carcome y me quema dejándome sin aliento. Mis lágrimas están brotando igual que la locura en mis venas. ¡No! ¡No! ¡No quiero nada más! ¡No quiero que me compadezcas! ¡No quiero que te acerques! Puedo ver en tus ojos la amargura, el amor pasado, y me tortura como si fuese el peor de los castigos.

¡Y ahora estoy loco!
¡Eso dicen! ¡Eso gritan!
¡Loco! ¡Me señalan como loco!
Soy un ánima errante,
un espíritu sin cuerpo...
¡Me quitaste todo!
¡Todo me arrebataste
con tus sonrisas de demonio!

¡Guarda tu dinero! ¡Guárdalo y entiérralo contigo! ¡Huye lejos de mí sucio bastardo! ¡Huye lejos donde no pueda encontrarte y hacerte pagar por todo! ¿Te duelen mis palabras? ¿Te quema el odio? Te detesto... no sabes cuanto te detesto. ¡Tú querías ser amado por todos cuando no veías que el verdadero amor estaba en mis ojos! ¡Ni siquiera te preocupaste por mí lo suficiente! ¡No quería tu dinero! ¡Yo te quería de regreso! ¡Y cuando volviste lo hiciste cargado de una luz más cegadora!

Tú eras el cielo, el amado por todos, el codiciado, el sol se posaba en tus cabellos reconociéndote como su hijo y esos ojos azules que me escrutaban como sonrisas burlonas, porque así las sentía, cuando me cubrías con la capa que hicimos con tus malditos lobos. ¡Te odio a ti y a tus lobos!

¿Y yo qué era? Era el juglar que iba a tu lado. El patético muchacho que se aferraba a ti como si fueses Dios mismo y te sonreía. Mis dedos se congelaban en aquel apartamento mientras intentaba tocar para ti... porque eso era lo único que te interesaba cuando bebías. ¡Y me arrancabas lo poco en lo que me sostenía! Hiciste que tú fueses lo único en mi vida y cuando te fuiste me volví loco.

¿Cómo te atreves a echarle a otros las culpas? ¿¡Cómo demonios te atreves!?

He venido hacia ti para hacerte daño, el mismo daño que yo siento aún hoy tras siglos desterrado del mundo de los vivos y encadenado a la vez a su realidad insufrible.  

martes, 6 de marzo de 2012

El beso

La máscara cayó, como caían los titanes, dejando su rostro al descubierto. Aquel trozo de carne, piel y huesos se mostraron bellamente moldeados por el sutil encanto de los seres celestiales. Parecía un ángel. Sus pestañas densamente pobladas, sus finas cejas, su boca pequeña y sus dientes perfectos conformando una corona blanca de perlas. Su mentón era ancho y fino a la vez, un juego de formas que le daban un rostro alargado pero con sutiles formas redondeadas.

-¿Quién eres?

La voz de la joven se quebró a punto del llanto. Nunca había contemplado a un ángel, pero estaba segura que era uno de los enviados del señor, que Dios la había elegido a ella para contemplar a uno de sus más apreciados hijos. Sus ojos se llenaron de lágrimas que se enjugaban con su sucio delantal. Sus mejillas eran dos manzanas y sus labios dos apetecibles guindas. Sus ojos eran de aceituna, muy apetecibles. Parecía una sirena esperando ser rescatada de las profundidades del mar, pues allí era imposible vivir si ya no creías en tu propio canto.

-¿Te envía Dios?

Las prendas caras de aquel joven le delataban como un hombre de alta alcurnia. Llevaba unas medias de seda blanca que cubrían sus piernas conformándolas, como dos firmes columnas blancas, los pantalones ajustados hasta las rodillas eran de una tela gruesa y negra, igual que sus botas y la chaquetilla con bordados dorados como sus cabellos, los cuales caían como bucles dorados. Su cuello de cisne estaba envuelto en la suave tela de la camisa, poseía el cuello alto, así como el pañuelo de igual color con un broche dorado, como el trigo y el sol mismo.

-¡Dime! ¡No te quedes en silencio! ¡Dime!

Ella vestía un simple vestido sucio por limpiar el suelo de rodillas, así como unos zapatos destrozados que nunca mantenían caliente sus pies en el crudo invierno. Tenía una medalla de cobre que podía verse en su canalillo, el cual intentaba cubrir con su mantón de tela gruesa. Todo, el vestido, así como el mantón y delantal, eran verdes, un verde parecido al de sus ojos. Sólo se veía blanco en ella, un blanco sucio y raído, las telas de sus enaguas.

-No soy enviado de nadie, he venido por mi mismo.

Susurró aproximándose a ella, inclinándose con descaro y besando sus labios. Aquel beso le robó la vida, pues de ella bebió su sangre mientras sollozaba pensando que un ángel, un glorioso y dulce ángel, le había enviado el primer gesto de cariño y bondad que jamás había osado pedir.

-Yo soy la muerte, he venido a tu encuentro.

Murmuró con un deje cansado en su voz, tal vez por sentirse maldito. Lo hizo con ella aún en sus brazos, como si durmiera esperando otro de esos besos dulces que dan los ángeles y también los proscritos.

miércoles, 15 de febrero de 2012

14 de Febrero

Las luciérnagas tristes que se asoman en tus miradas, esas que guardan secretos de alcoba en frascos de cristalino veneno, cantan salmos que evocan suspiros a los demonios que viven en grisácea y pútrida mente. Bailamos el vals de las mariposas, pequeña bailarina de papel, antes de sentir como el puñal del abrecartas nos hería hasta dejarnos muertos sobre el edén. Tú y yo, luciérnaga errante y ángel de alas de metal, sobrevolamos los otros mundos sin dejar de mirarnos y de soñar. ¿De qué sirven los sueños si no podemos atar nuestros dedos? ¿De qué sirve el amor si sólo es para el catorce de febrero? No te regalo dulces, ni flores que no sean silvestres, no te canto al oído en las mañanas aunque sí en las noches, huelo tu perfume cuando lo deseo y no porque preguntas sobre su aroma, te tomo de la cintura sin importarme que seas una rosa y tus espinas se claven en mis dedos sangrantes.

Las luciérnagas tristes que bailan en tu caja musical, esa que es tu corazón joven de aspecto de recortable de revista médica, son las melodías que guardan los ángeles caídos de mis pestañas muertas. Mis ojos te contemplan como si fueras una muñeca, pero sé que cobras vida cuando ves que sonrío frente a ti. Soy el titiritero que ruega a una estrella que su amante vuelva a la vida en las frías noches de febrero. El amor hace el milagro, la luz cubre tus labios y te beso mientras el vals vuelve a sonar y el mundo renace de nuevo. El jardín salvaje, el jardín del edén, es para nosotros las callejuelas de una ciudad sin nombre, tan oscura como tóxica, tan hermosa como decadente. Baila pequeña luciérnaga hecha de papel y madera, baila para mí ser de hojalata y mohoso hierro. Las canciones que en nuestra memoria se hacen son tan dulces como las sonrisas que me regalas.

¿Has oído alguna vez a tu reflejo? Es coqueto, por ello me enamoré de la timidez evocadora que tiene tu imagen real. Pequeña musa, pequeño ángel... ¿de qué serviría el amor si sólo lo celebráramos el 14 de Febrero?

lunes, 19 de diciembre de 2011

Canción de carrusel.

Silencia tus labios, escucha tus latidos y dime qué ven tus ojos. Estoy a este lado del mundo, en otro universo paralelo, surcando las nubes con la yema de mis dedos.

Cantas en murmullo mi nombre, como si fuera una canción romántica, mientras das cuerda a tu caja musical. Vistes con un traje rojo, el cual tiene tantos pliegues como pestañas tus enormes ojos negros. Sonríes sonrojada dejando que la nieve toque tus hombros y pisas pasto de primavera.

Vives en un mundo donde coexisten las cuatro estaciones, juegan contigo al día y la noche. El sol del verano tuesta tu piel de leche, mientras las lluvias de otoño hacen germinar las amapolas primaverales.

Juega con tu columpio, súbete a este, con música de carrusel de fondo. Mientras las palomas blancas alzan el vuelo convirtiéndose en mariposas del polo norte, para acabar cayendo como nieve y escarcha que cubre el borde de tus zapatos invisibles.

La magia, la poesía más indecente, juega con tus cabellos arreglándolos con cintas creadas con sueños sinceros. Te rodea el viento, te alza y te pide que vueles hasta las nubes. Allí podrás continuar bailando, lo harás eternamente, mientras las rosas cubren el prado.

Silencia tus labios, sólo escucha mis palabras, y este cuento se hará cierto. Te abrazaré como si fuera la última vez, besaré tu frente y olvidaré el tiempo. Viviremos un ahora que será un siempre, para así caminar hacia el altar donde rezaré en tu nombre para ser tu guardián. Amarte será así, una plegaria a las altas campanas de una iglesia de triste figura y vidrieras repletas de vida.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La sinfonía

La sinfonía de tus pasos me estremece, hace que caiga en la locura y no desee curarme de ella. Es una sensación divina escuchar como caminas descalza, mostrándote salvaje e inexplicable. Eres uno de esos misterios que posee el mundo, uno de tantos, pero eres el fenómeno que más me atrapa como si fuera luciérnaga en un frasco. Y sin embargo, la luciérnaga eres tú. Eres un hada de contorneadas piernas y ojos de almendra. Eres la belleza hecha manjar, la poesía secuestrada para ser parte de una obra infinita. Sí, provocas nerviosismo y mezcla de palabras imposibles...

Tu forma de contemplarme, sigilosa como la de un gato, me recuerda que tu alma está inquieta y que sólo es la pose que me muestras. Eres increíblemente humana y a la vez pecado divino, manjar de dioses que no se atreven ni a besar tus labios. Lujuria de palabras en caricias lentas, en pasos cortos y miradas largas. Sensaciones que no puedo describir mejor, pero que erizan los vellos de mi nuca y me recorre de pies a cabeza.

Eres un enjambre de abejas reinas, que anidan en mi pecho, y crean el zumbido embriagador de mis latidos, sí tú eres el impulso necesario para sacarme de mi sosiego. Pura locura, puro pecado, y pura blancura la de tu traje.. ese que te envuelve como si fuera la seda de una crisálida y pudieras salir de él, escapar, con alas de mariposa de tacto parecido al terciopelo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Feliz amargura

La crisálida en la cual naciste se abrió en mitad de aquel lago, donde te contemplaste por primera vez y hallaste el pecado en tus labios. Sonreíste con tristeza contemplando tus alas de gorrión, así como tus mejillas de pétalos de nenúfar, y tu delicada piel de muñeca. Una especie única entre las aguas convulsas de un océano de lágrimas, donde te ahogas constantemente y donde sigues orando por tu alma marchita.

La música del violín se compone por la partitura de la lluvia. Chopin toca un miserere en tu honor, mientras que el ritmo es de tango de arrabal y vals de palacio. La letra es un réquiem de coro de insectos, en ellos narran tu verdadera naturaleza. Mientras tanto tus lágrimas se vuelven convulsas y rojas, como gemas de sangre, y tus labios esbozan la más tétrica de las sonrisas. No eres feliz, eres presa de tu melancolía desde el día que naciste.

Pequeña mujer, diminuto ser, que camina sobre la lengua negra de petróleo que es el asfalto. Muñeca que cobró vida y toca el violín entre difuntos, seres que jamás comprenderán tu dolor y que nunca lo querrán sentir. Tu máscara de serenidad no la veo, tal vez se rompió por culpa de mis caricias... lo lamento. Te abrazaría, pero preferiría besar tus labios y darte otro nombre... quizás así salvaría la fantasía que embriaga tu cuerpo.

Felices años muertos, felices desengaños y trágicos sueños.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Tu voz

Tu voz me calma, igual que una nana de una sirena salvaje.
Tu voz, sin duda, es como una dulce brisa marina enredando mis cabellos.
Tu voz es el eco de otro mundo, quizás vives en el fondo de mis lágrimas yaciendo en una crisálida.
Tu voz, nada más. Nacida de la lira de tus cuerdas vocales y el amor al viento.
Tu voz se desata, como un huracán que toca un campo de trigo arrancando de cuajo el fruto, cuando sientes la melancolía aplastarte.
Tu voz es la de un ángel con alas de mariposa, una de esas que no mueren en invierno sino que viven en el hielo.
Tu voz es un susurro de un poeta en sueños, que divaga y escribe versos como musa sin cuerpo.
Tu voz es mi inspiración, la salvación de un enajenado que no olvida tus labios.
Tu voz, coro de ángeles... tu voz.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Silencio

Callados y en penumbra, como si el mundo se hubiera quedado sin luz suficiente, nos contemplamos. Eres como una canción que no deseo dejar de escuchar, tan dulce y atrayente como carente de sentido. Sonrío al notar que tus manos juguetean con tus cabellos. Yo jugueteo con los suspiros que surgen de tus labios, atrapándolos como si fuera algo demasiado valioso. No hace falta hablar, los gestos y las miradas ciegas hablan por si solas.

Como si un violín tocara la melodía agitada del corazón, de un corazón que parece único pero es de dos seres. Un ángel que guarda un eterno jardín de rosas marchitas, las cuales florecen una vez cada mil años y duran breves segundos, llamado felicidad y una luciérnaga que baila sobre el vacío, con temor a caer pero con la seguridad de no ceder. Agitadamente en silencio los labios se sellan, el mundo se pierde y la luna termina en lo alto eclipsándolo todo.

“Sueños que no tienen origen,
pero que germinan más allá de la nube.
Sueños que se consumen,
allá donde la luz no aguarda.
Energía de fantasía,
locura que no se empequeñece.”

Gritos con los labios cerrados, risas con lágrimas en los ojos y dos mundos cubiertos de océanos gélidos... mundo encerrado en una bola de cristal, el cual agitamos como si fuera un cocktail y que terminamos bebiendo demasiado rápido. Estamos borrachos, borrachos por la locura y por la sinrazón que nos entrega en una hermosa caja con lazo negro... el luto de la realidad. Eso son en realidad, esas dos figuras que dejan que el aire roce sus mejillas como si fueran sus dedos. Pareja de amantes que no se atreven a decir más allá de besos y juegos de manos unidas. Callados y en penumbra, como si la luz no se encendiera jamás.

Piano de sensaciones, tocata de la melodía de su cuerpo. Acariciaba sus brazos, sus cabellos y sus dedos. Caricias que no llevan a nada y lo son todo, nerviosismo de una extraña flor. Vidas anónimas que se han vuelto complejas, necesarias la una de la otra... seres que se descubren y abrazan sin palabras.

Felicidad

Apoyada sobre los pétalos de tu vestido, estirándolos con cuidado para ocultar tus torneadas piernas, y sonriendo como si el mundo no hubiera conocido jamás tus lágrimas... así te hallé. Jugabas con un paraguas hecho con nenúfares y tallos de margaritas. Sé que te sentías diminuta semilla de esperanza, a pesar de las terribles pesadillas que podías vislumbrar con tus tiernos ojos.

Te llamé ilusión, aunque ya poseías un nombre, y tú lo aceptaste como si fuera lo más normal del mundo. Decidiste aceptar que camináramos juntos, entre la hierba alta de aquel jardín de fantasía salvaje. Reías cantando una canción que desconocía, igual que el idioma que usabas. Parecía un hechizo, aunque podría jurar que ya estaba atrapado en uno.

Me sentía feliz, pero al girarme ya no te vi y caí en este mundo lleno de tinieblas. No encuentro tu sol, que es tu risa, ni la luna de tu piel. No puedo hallarte. Y en mis sueños puedo sentir incluso tu perfume. No sé quien eres, no sé que eres... pero te extraño y deseo atraparte aunque sea durante una única noche.

¿Tú eras felicidad? Porque a ella me recuerdas, caprichosa y breve...

Iluminas

Iluminas todo, como una luna en pleno cielo sin estrellas.
Iluminas el mundo donde nacimos, desnudos de cualquier sentimiento.
Iluminas mis sueños, como luciérnaga perdida en medio del bosque.
Iluminas mis ojos cuando puedo contemplar tus dulces facciones.
Iluminas mi pecho, al posar tu mano en este para sentir la caja musical que llamamos corazón.
Iluminas mis días, por muy claros que sean siempre tienen nubes grises que no se apartan.
Iluminas las gotas de lluvia que mis ojos desprenden, que son derramadas para que tú puedas beber.
Iluminas mi pequeña hada, iluminas más que cualquier otro ser en este mundo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

París

Recuerdo tu nacimiento entre los pétalos de aquel nenúfar, como si fueran tu hermosa crisálida. Tu piel era tan delicada como las flores de cerezo, pero poseían el aroma de los tulipanes. Sonreías a la noche que te dio vida, como si esta fuera tu madre, y dejaste que tus alas surgieran de la poderosa nada. Unas alas parecidas a las de una libélula en forma, pero de colores similares a los de un campo florido. Recuerdo que eras una hermosa visión, una de esas que es incapaces de olvidar.

Tus manos cálidas estaban heladas, tus ojos negros tenían un poderoso magnetismo y las luciérnagas de la estratosfera brillaron orgullosas al contemplarte. Tu sonrisa era tan tenue, tus lágrimas tan duras para tu encanto. Naciste y fuiste para todos la flor de la ilusión, el hada que buceaba entre pétalos y zarzas.

Mis manos acariciaron tus mejillas, jugando con tu sonrojo y provocándolo con mis ojos salvajes como tú. Terminé por dejar que mis alas negras se mostraran desplegadas, igual que las del arcángel San Gabriel antes de tocar su trompeta. No te asustaste en esos extraños momentos, sólo me abrazaste murmurando una oración que incluso tú desconocías.

Magia, afirmo que todo fue magia. Las noches fueron bendecidas con tu voz, como si fueran tenues caricias contra mi cuerpo magullado, y los días fueron azotes como precio a nuestro delito. Habíamos conocido el paraíso, no importaba cual fuera el castigo. Si bien, terminamos convertidos en gatos negros que aún vagan sobre las calles de París.

martes, 25 de octubre de 2011

Message

Mensajes de ángeles escritos en cartas apolilladas en mi despacho, son la muestra que el arte a veces no se valora. Sentimientos que una vez poseí cálidamente en mi pecho, y ahora son fuego que consume mi alma.

Esos mensajes de otros mundos, de sueños oníricos que me hicieron sentir ufano y pequeño. Estoy perdido en mundos imaginarios tan babilónicos como bibliográficos, mientras tú te meces frente a mí bailando una canción de amor que escribí para ti.

Desconoces el significado de mi palabrería, tan sólo te hace sonreír en verdes amaneceres pintados con acuarelas que olvidé quemar cuando comencé a sentirme atraído por ti. Marionetas sin hilos que conversamos con poco de caliente helado entre sonrisas emborronadas por la lluvia de las últimas horas.

Hablaremos allá lejos, donde nadie pueda comprendernos. No hay mayor ciego que el que no quiere oír mis poemas dedicados para ti. No hay mayor cobarde que ese que pinta musas con tu nombre. Soy un cobarde y tú vives en ceguera permanente.

Te amaré en mis sueños y te olvidaré al despertar, hasta que mis ojos se crucen con los tuyos y entonces caiga en el mar de dudas. Ofreceré mi corazón para que lo destruyas, así quizás deje de sentir cada una de tus lágrimas golpeándolo como poderoso aguacero.

A todo esto... ¿te he dicho ya que te amo?

martes, 18 de octubre de 2011

Cuentos de Mundos Fantásticos

Ignoro el nombre del reino, pero sé que no era muy lejano, tal vez se encuentre en alguno de los cajones de mi escritorio. Era tan pequeño que quizás pueda estar oculto en un dedal. No lo sé, sólo puedo decirte que en aquel lugar los hombres vivían de forma sencilla y dedicada a la magia. La fantasía siempre estuvo presente, en cada nacimiento y cada muerte. Un mundo desconocido por ojos que no creen en las hadas, duendes, brujas o dragones. Tal vez tú lo veas algún día.

En aquel mundo nació un niño de ojos de fiera y labios de mujer. Su sonrisa era dulce y amansaba a las fieras como si se trataran de un igual en su manada, una sonrisa enigmática y seductora. Sus cabellos dorados siempre estaban revueltos, pues los peinaba el viento y sus propios dedos. Su piel era clara como la nieve, pero cálida como las caricias del sol en primavera. Aquel ser nació de una flor de cerezo, la última antes de llegar la nueva primavera. Allí los cerezos florecen en invierno, junto a las primeras nieves.

Su nacimiento fue gracias al amor de un copo de nieve y los pétalos de una flor. Vino al mundo convertido en un pequeño capullo. Aquel capullo fue creciendo, hasta que pasado un tiempo lo rasgó con sus manos y apareció con la imagen de un joven de veinte años. Sintió calor, ya que era verano, y por ello anduvo desnudo unos cuantos días caminando por el mundo. No sentía pudor, ni miedo y tampoco conocía la soledad. Él estaba vacío de sentimientos, era una nueva hoja en la cual se debía de narrar una intensa historia.

Al mismo tiempo que aquel ser nacía, lo hacía otro en las montañas. Vino al mundo un gigante nacido del huevo de un raro animal. Caminó desnudo, al igual que el otro, y sólo se vistió cuando sintió el frío de la noche. Sus ojos eran café intenso, calentaba con sólo reflejarse en ellos, sus labios finos ocultaban una voz muy varonil y sus enormes manos eran capaces de levantar pesadas rocas.

Durante años ambos muchachos caminaron sin conocerse, al igual que el tiempo parecía detenido en la villa. Todos los días eran el mismo día en el calendario. Hablaban de un extraño dragón que sobrevolaba los campos y de una princesa que en las mañanas tarareaba canciones al sol. También llegó a oídos de los aldeanos el nombre de un temible monstruo, un enorme gigante de piedra que tenía aspecto de hombre. Pensaron que aquel enorme gigante se transformaba en dragón y protegía fieramente a la princesa, la retenía en contra de su voluntad.

Cierta noche, acorralado por las antorchas del pueblo, el enorme gigante dio con el árbol del cual había surgido el otro joven. Lo halló sentado en sus ramas, observando la luna llena de color rosado y sonriendo mientras sus largas piernas se movían con gracia. Aquella imagen fue demasiado atractiva, tan bella y poética que terminó enamorado. Si bien, dos inmensas alas de dragón surgieron de las espaldas del muchacho y comenzó a sobrevolar la noche, alrededor de su inmenso cuerpo, como si fuera un juego infantil.

-¿Cuál es tu nombre?-preguntó estirando su mano para que se posara, como si se tratara de una mariposa.

-Mi nombre.-respondió palpando sus labios.-No tengo nombre.

-Yo tampoco tengo uno.-dijo confuso.-¿Cuál crees que me vendría bien?

-No lo sé, no soy bueno con los nombres.-rió antes de tocar su nariz y sus mejillas.-Eres duro y frío, pero tus ojos son cálidos.

-Tú eres pequeño, comparado conmigo, pero pareces más fuerte por tus atributos de dragón.

Aquella noche la pasaron escondidos en una cueva, cerca del poblado, conversando y compartiendo experiencias. La mañana siguiente fue distinta, así como la otra y ellos fueron creciendo juntos. Ambos habían hecho florecer el reloj del tiempo, paralizado con el nacimiento de ambos, y todo porque se habían encontrado como minutero y segundero.

De su amor surgió una niña que jamás dejó de danzar ni un minuto. Dentro del agua del lago era cisne, fuera tenía un aspecto algo duro pero cálido con unas hermosas alas de de dragón emplumadas. Una pequeña con una sonrisa que espantaba al sol, pues era feliz bailando bajo las tormentas.


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Dedicado a

David
Laura
Marisol
Kiseki
Ainara

domingo, 16 de octubre de 2011

Mariposas

Cuando alcé la vista, mientras aquella melodiosa canción entonada por demonios de igual condición a la mía, te vi y no dudé en sonreír. Te convertiste en un enjambre de silenciosas mariposas, todas de un color distinto y tan vivo como las sensaciones más dolorosas de la vida.

Bailé bajo aquella lluvia de mariposas, todas besaron mi frente y mis manos. Mientras, la luna se despedía de los dos... como en un cuento.

Oh, te dije adiós demasiado temprano. Te tuve que dejar ir allá donde uno no puede volverse a ver... pero quizás nos volvamos a besar.

Te extraño, tanto como extraño tus bromas sin sentido y tu sonrisa de ángel prohibido. Extraño bailar sobre las nubes de algodón y caramelo. ¿Quién llevará tu parasol? ¿Quién bailará con él bajo la lluvia?... todo mientras oculto mis oscuras alas de fuego, más oscuras que la noche

Me transformaré en gato con alas de cuervo, quizás pueda darte así la vida eterna... y hacer regresar todas las mariposas que te forman. Eres un acertijo inexplorable que yo decidí descifrar. Lástima que lo hiciera con aquel último beso.

Nos veremos cuando el último rayo de sol muera y el cielo se vuelva rojo. Nos veremos a ciegas, pero nos veremos. O tal vez no veremos nada.

Sea como sea, recuerda que te quiero.

lunes, 10 de octubre de 2011

Besos malvas al amanecer.

Me besaste con el pecado rojo de tus labios, ese pecado tan seductor como tu sonrisa. Me conmoviste con la dulzura de tu mirada, tan dulce como las fresas con nata que a veces me ofrecías. Eras el fruto prohibido de aquel jardín, pero yo no lo sabía y me enamoré en el primer instante en el cual cruzamos un “buenos días”. Como si fuéramos palabras sintéticas chocamos formando una oración, una plegaria con los brazos alzados al cielo y los ojos cerrados buscando la noche. Nos descubrimos sonriéndonos, sonrojándonos y besándonos con la mirada. Silencios incómodos tan necesarios, tan inconscientes.

-¿Hoy no me dices buenos días?-preguntaste en aquel cálido y tórrido atardecer, tan fucsia como tu falda malva.

-Te diré buenos días cuando te encuentre en mi cama, hoy puedo decirte adiós.

-¿Es una despedida? ¿O una invitación a tomar café entre tus sábanas?-interrogaste con una melancólica poesía en el parpadeo de sus pestañas.

-Es un hasta que nos volvamos a cruzar en este tímido mundo lleno de arrogantes e hipócritas.-soltaste una carcajada tan expresiva que me destrozaste.

Nos dijimos adiós con un polvo rápido de hadas en las camas desechas del ayer. Recuerdos que no volverán, como ese verano que se perdió cuando la primera hoja brotó castaña y no verde.

Jamás te olvidé, pero no recuerdo tu nombre... aunque sí tus falda malva.